El pícaro de Comas

El pícaro de Comas

Jorge Alberto Comas fue uno de los máximos exponentes de nuestro amado fútbol ochentoso. Figurita difícil en nuestro álbum de la infancia, hábil, goleador, astuto, pícaro y dueño de una pegada formidable.

martes, 23 de abril de 2019

Aquellos que tuvimos la suerte de vivir una adolescencia futbolera ochentosa, alcanzamos a disfrutar las gambetas y las carreras endemoniadas de los últimos wines de la historia del fútbol argentino. Apelando solo a mi memoria recuerdo nombres tales como Sergio Saturno, el Murciélago Graciani, Heber Bueno, Rubens Enrique Navarro, la Araña Luis Amuchastegui, Claudio Bica, La Porota Barberón, el Misionero Noremberg, Carlitos Ereros, el Pepe Castro, un tal Matuzick de Racing, el Pampa Orte, Claudio Scalise, Sergio Almirón, el Uruguayo Robinson Hernández, Walter Rene Fernández, Antonio Alzamendi, Claudio Spontón, Fonseca Gómez en Chacarita, Walter Parodi y el Puma José Luis Rodríguez en el Deportivo Español, Claudio Gurrieri en el Pincha y Mauro Aires en el Tripero.

Y por supuesto todos nos deleitamos con los primeros aleteos del inigualable Pájaro Claudio Paul Caniggia. Muchos, melena al viento, algunos bigotones, la camiseta religiosamente fuera del pantalón, medias caídas, veloces, goleadores, rápidos, hábiles, atorrantes y muy pícaros.

Pícaro era el protagonista de estas líneas, quien debutó en primera división un 13 abril de 1980 vistiendo los colores de Colón de Santa Fe. Nacido en Paraná, Entre Ríos. Víctor Hugo Morales inmortalizó un inmortal latiguillo tras cada conquista del wing zurdo paranaense. “Gol del pícaro de Comas”, decia desde el micrófono de Sport 80 el mejor relator de todos los tiempos.


Jorge Alberto Comas comenzó su trayectoria deportiva en Belgrano de Paraná, luego fichó en Patronato para recalar a fuerza de goles en Colón de Santa Fe, que por entonces jugaba en la segunda categoría del fútbol argentino.

Vélez puso su mirada en aquel irreverente puntero izquierdo dueño de una pegada prodigiosa. En 1980 hizo su presentación en el conjunto velezano, compartiendo la delantera con el mito viviente Carlos Bianchi. El astuto wing que calzaba la número 11 en sus dorsales fue goleador del Nacional 85 con 12 tantos.

Tras el mundial que ganó magistralmente la Selección Argentina en México, Comitas fue transferido a Boca. Debutó oficialmente el 9 de julio, ante River, en Copa Libertadores. Reemplazó al flaco Claudio Daniel Dysktra, luciendo la casaca número 21. En septiembre marcó sus primeros goles en el xeneise, fue en el triunfo ante Talleres de Córdoba.

En Boca logró ser el máximo artillero en tres de los cuatro torneos que disputó. Jugó 127 partidos y anotó 63 tantos. Fue integrante de una recordada delantera junto al Murciélago Alfredo Graciani y a la Chancha Jorge Rinaldi. En Mar del Plata hizo gala de su proverbial pegada marcando en el verano del 88´ dos goles olímpicos. El primero ante Racing al gigantesco Pato Fillol. Fue un 14 de enero en el empate en dos entre ambos conjuntos. El 23 de febrero, otra vez, desde la oreja izquierda del Mundialista, de espalda a la platea descubierta, sobre la popular del cartel, el pícaro de Comas superó al campeón del mundo Nery Pumpido. Boca venció a River 2 a 1. Con un golazo de Milton Melgar y otra maravilla olímpica del paranaense.

Luego de su periplo xeneise desembarcó en los Tiburones Rojos de Veracruz. Allí en México compartió equipo con el Negro Omar Arnaldo Palma. Fue crack, ídolo indiscutido hasta su retiro del fútbol en 1993. En suelo azteca marco la friolera de 89 goles. Uno memorable en un festejado cuadrangular amistoso en 1990. El certamen lo jugaron el América mexicano Botafogo de Brasil, los Tiburones Rojos y el Real Madrid. El pícaro de Comas infló la red de la portería Merengue.

Jorge Alberto Comas fue uno de los máximos exponentes de nuestro amado fútbol ochentoso. Figurita difícil en nuestro álbum de la infancia, hábil, goleador, astuto, pícaro. Dueño de una pegada formidable y poseedor de un corte de pelo a la cubana que algunos wines de la época inútilmente osaron imitar. Mi compañero de equipo en Apinta, el muy habilidoso Chepo Martino, usaba la 11 como Comitas y peinaba para envidia de varios, la mítica caballera del puntero xeneise.

Cómo olvidar las corridas de Comitas, cómo olvidar su original melena al viento, cómo olvidar aquellas gambetas que alimentaban nuestros sueños de futbolistas profesionales, nuestras ilusiones adolescentes, nuestras inquebrantables utopías con una pelota en los pies. Utopías que también supo ostentar el pícaro de Comas a orillas de su amado Rio Paraná.

Mario Giannotti


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