Yo solo quería jugar en Kimberley

Yo solo quería jugar en Kimberley

Este cuento tiene su génesis en una escuela, disfrutando de una charla de Darío Gleriano, soldado en Malvinas, uno de los fundadores del Centro de Ex Combatientes en Mar del Plata, jugador de fútbol, hoy residente junto a su familia en Necochea. Su historia me permitió años después, en plena pandemia, dar vida e imaginar esta narración, un sentido homenaje futbolero para todos nuestros héroes que combatieron en las islas.

jueves, 2 de abril de 2020

a todos nuestros héroes de Malvinas

 

Hace mucho frío. Las tripas no paran de quejarse. Extraño el pan con manteca que me preparaba mi vieja cuando volvía de la escuela. Este lúgubre pozo de zorro que habito hace tiempo se parece a esos bancos de suplentes que están como enterrados en la cancha, al borde de la línea de cal, pegados al alambre olímpico. Apoyo los codos sobre la superficie y miro a lo lejos como la brisa del mar se apodera de cada espacio, como la noche desfigura el paisaje y un silencio casi sepulcral me aturde, me taladra la cabeza.

 

Ya casi ni siento las piernas. Un soldado, hace algunos días, me contó que tenía pie de trinchera. Que el dolor lo inmovilizaba, que no podía dar ni siquiera un paso y que ya no soportaba los borceguíes mojados.  Yo le dije que si me pasaba algo que no me dejara volver a jugar al fútbol prefería morir en la isla, no regresar. Me acuerdo cuando en un clásico con los Patas Negras, en cuarta división, en el José Alberto Valle; un marcador de punta musculoso, muy parecido físicamente al Cucho Mascereño, me rompió un tobillo y estuve casi un año para pisar otra vez un campo de juego. Me sacaron en camilla con el pie derecho colgando, dislocado, hinchado  y la media manchada con sangre. Entonces me sentí morir.  Acaso, aquella fue la primera vez.

 

En la trinchera perdí la noción del paso del tiempo. Las horas pesan, se detienen, se congelan a su antojo. Es como cuando el árbitro adicionaba cinco minutos más en una final que estabas empatando milagrosamente de visitante y resistías a corazón abierto, con el culo metido en tu propia área, jugándote el pellejo en cada cruce expeditivo, salvador, milagrero.

 

Ahora lo veo a mi papá apretujándome las manos, puteando a un tal Feola, suplicándole que lo termine de una buena vez. Somos parte en la platea descubierta del Mundialista de una escenografía verde y blanca. Faltan veinte, Luque descontó, estamos 2 a 1 arriba. Bacigalup descuelga otro centro  y Griguol le pide a Jesús Martínez que enfríe el partido.

 

Mi viejo era hincha de San Lorenzo  de Mar del Plata y de River. Admiraba a Mingo Loyola y al Beto Alonso. Recuerdo que no gritó el gol de Cacho Eresuma, acaso nunca le perdonó al goleador santo  haber vestido la camiseta de Kimberley. Después me dio un abrazo de oso cuando Agonil estampó el segundo ante un desorbitado Pato Fillol. Allí descubrí, en esos pequeños gestos, la nobleza y el afecto incondicional de un tipo que estaba feliz porque su hijo podía disfrutar de un triunfo heroico del equipo de sus amores ante su River, repleto de cracks, muchos de ellos campeones del mundo un año atrás.

 

Me miro las manos y no me las reconozco. Las heladas, el barro y  el hierro hostil de mi poco confiable Fal de combate me endurecieron  la piel y tengo tantos callos como los que tenía mi papá. Extraño su abrazo de oso, sus caricias que me raspaban los cachetes, sus uñas mal cortadas impregnadas de un opaco color ladrillo. Extraño  sus manos  de lija, de revoque grueso, de pastón a pico y pala.

Una lluvia tenue cae en la inmensidad de la noche. Las estrellas iluminan un sendero que desemboca en un extenso río de piedra. El viento patagónico juguetea con las finas hojas de los brezos que cubren un suelo cortado a cuchillo, como en finas capas color carbón. A pocos metros de mi posición un soldado le reza a un Dios ausente, lejano, indiferente. Tal vez el todopoderoso se bajó en Río Gallegos junto a los patéticos curas que bendecían tanques y metrallas. ¿Estará en Buenos Aires sentado a la mesa de los Coroneles y los Generales que inventaron esta estúpida guerra? ¿Andará por las iglesias en las cuales comulgaban todos los domingos  los hijos de puta que nos estaquearon como si fuéramos animales? ¿Viajará rumbo a las islas en una fragata inglesa?

 

Un  soldado me acerca un cigarrillo mientras se seca la transpiración de su frente y me cuenta una ensoñación que le permitió al menos dormir tres horas seguidas.

 

“Soñé que la guerra terminaba y que todo se definía en un partido de fútbol. Yo era el arquero argentino. Ellos jugaban simple, nunca tenían la pelota mucho tiempo en los pies, se la daban siempre a un morenito que tiraba un centro tras otro para que un nueve corpulento y torpe metiera un cabezazo de gol. Yo salía hasta el borde del área menor y aprisionaba una y mil veces la redondita de cuero que volaba como una granada a punto de estallar. Sobre la hora, un pibe de San Cayetano que jugaba en Estación Quequén sacó un zurdazo potente, como el de Jorge Gáspari en el Gigante de Arroyito en el 78´y nos dio el triunfo. Tras el pitazo final del árbitro nos saludamos respetuosamente y el capitán de ellos, un petizo rubio que jugaba de tres, izó nuestra bandera en reconocimiento a la potestad argentina sobre las islas. Yo, tras el partido,  volvía a casa y le llevaba la medalla y un ramo de flores a mi vieja”.

 

Los dos terminamos empapados en lágrimas, abrazados, compungidos. Lo miro a los ojos y le confío que cuando viajábamos hacia Malvinas, mientras dormitaba en el avión,  yo también había soñado un partido épico.

 

Faltan dos minutos de un clásico picante con los Patas Negras. El Estadio San Martín está repleto de gente. El Chueco Da Silva le roba una pelota imposible al Toro Abelén, levanta la cabeza y me pone un pase filtrado entre Jorge Fernández y el Chiqui Dorado. Ganó la posición,  esquivó una patada de Fernández y corro hasta las huestes del mismísimo Pancho Rago, un tótem de bigotes que se juega el físico y me achica el arco con maestría. Rago espera hasta el último segundo para abalanzarse sobre su presa. Lo miro a los ojos, él sabe que yo sé. Ensayo un gambeta larga y cuando  se arroja contra la globa defino de rastrón con mi pie derecho,  tres dedos  al primer palo del cancerbero rojinegro.  El Quichu Maffioni me abraza en el festejo de gol  y siento por fin que soy, al menos por un instante, el pibe más feliz del planeta.

 

De repente, desde el norte, por detrás de una colina baja, un avión surca el cielo malvinense y hace añicos mi historia futbolera. Una bomba cae a pocos metros de mi pozo.  Una ráfaga de fusil repiquetea en las rocas que protegen nuestras trincheras. Horrorizado veo como algunos compañeros vuelan por el aire. Gritos desgarradores, humo y muerte configuran una escena perturbadora, única, indeseable.

 

Cuando se siente el silbido de un proyectil, solían contar los soldados que habían regresado de un frente de batalla, significa que pasa sobre tu propia cabeza, pero cuando deja de oírse es porque viene hacía uno. Me protejo cuerpo a tierra y avanzo a los saltos buscando un lugar donde estar a salvo del fuego enemigo  y poder reponer municiones. Caigo de rodillas, una esquirla atraviesa mi casco. Estoy sin fuerzas. Mis párpados caen pesados y apenas alcanzo a percibir la hierba húmeda sobre mi rostro.

 

Vos que sos futbolero me vas a entender. Estaba solo como en un estadio vacío. Es más, una vez escuché que un escritor decía que no hay nada más vacío que un estadio vacío. Como cuando termina un partido nocturno  en el Mundialista y la gente lentamente abandona las tribunas y después  los trabajadores  municipales apagan las luces, sacan los carteles de publicidad  y las redes de los arcos.

 

Estoy parado en el círculo central esperando caer una pelota que nunca cae y cuando caiga nunca sabré qué hacer con ella. Algunas voces desconocidas llegan desde las penumbras de la popular del cartel electrónico  y me alientan, hablan de coraje y la patria. Yo apenas puedo ver en la platea descubierta la figura de mi viejo que aún me apretuja las manos y  me acaricia el pelo con sus manos callosas. Siento que me tiraron  a la cancha sin estar preparado, que me hicieron jugar un partido que estaba perdido de antemano. Que hice lo que pude, que me jugué la vida en cada pelota dividida, que crecí de golpe, que fui un hombre  experimentado  con cara de nene.

 

El silencio otra vez me aturde. Ya no percibo la hierba mojada sobre mi frente. Un viento helado recorre mi cuerpo. Un mar sereno aletarga el dolor de un puñado de combatientes que si pueden sobrevivir al espanto.

 

El sol  ahora cae sobre los últimos  escalones de los túneles de una cancha desconocida.  Escucho el ruido de los tapones de los botines sobre el cemento y percibo una vez más el entrañable olor a aceite verde. Fito De Santis arenga a Raúl Burgos, Pinino Surace habla con Carlitos Rivera mientras Carpeta Eito le da las últimas indicaciones a Curly Peralta. El Huevo Sosa le desea suerte al Balita Laxalde, el Zorro Trebini se abraza con el  Quichu Maffioni.   El  profe Guerisoli  cierra la fila y apura el paso de los más remolones.

 

Un arcoíris  rompe la monotonía de la tarde  sobre una de las populares. Los jugadores de Kimberley, campeones del torneo liguista en 1982  entran al campo de juego y yo los recibo orgulloso desde mi pedacito de cielo verde y blanco. Porque vos que sos futbolero me vas a entender. Cuando me avisaron que tenía que combatir en Malvinas apenas tenía 18 años de edad y no sabía hacer otra cosa que jugar al  fútbol. En realidad, por entonces, yo solo quería jugar en Kimberley

 

Mario Giannotti

 

Comentarios de los lectores

  1. Gustavo Greco dice:

    Muy bueno, cómo nos tiene acostumbrados Mario Giannotti, transportandonos a través de la pluma, a un mundo fantástico.
    Un abrazo a todos esos pibes que dieron su vida, por nuestro país, ellos siempre serán héroes.

  2. Oscar Barcos dice:

    Soy Pata Negra este relato me emociona hasta las lagrrimas gracias por describir tan lindo lo que es la esencia del futbol

    • Fidel Voglino dice:

      Que mas se puede agregar, en estos tristes momentos de aislamiento, que me estruja el cerebro, como te extraño querido futbol, aunque este relato este cargado de Bicho verde¨ de un Patanegra.-

  3. Ricardo Albisbeascoechea dice:

    Emocionante relato,lleno de momentos que mezclan verdades e ilusiones,muchos nombres conocidos que formaron parte de mi vida.
    Felicitaciones,porque desde que empece a leerlo,no pude quitar la vista del mismo hasta que fui capaz de terminarlo.

    Abrazo enorme para todos los que defendieron nuestro país y para sus familias

  4. Christian dice:

    Excelente relato Mario, muy emocionante. Un gran saludo para todos y orgulloso de nuestros héroes de Malvinas. Gracias por dejar la vida como lo hicieron.

  5. Cacho dice:

    Excelente Mario, hermoso relato de una guerra absurda, de un pibe futbolista, hecho hombre en un instante sirviendo a la patria seguramente sin saber lo que era empuñar un fusil,, pero si hacer jueguito con la caprichosa como refleja Quique Wolff.
    Gloria a los muchachos que no volvieron y quedaron custodiando las islas y a los que volvieron que pudieron contarnos sus historias, para un nunca más una guerra apocalíptica …..

    • Como siempre emocionado Mario, un relato fantástico en un partido imaginado y soñado, donde nombrás a muchos amigos y parte de esta etapa hermosa del fútbol marplatense. Mis respetos a todos los que lucharon en Malvinas, los verdaderos héroes de esta historia.!

  6. Carlos dice:

    Difícil me resulta Mario encontrar las palabras para expresar mis sentimientos al leer tu especial y extraordinario homenaje a los nuestros heroes de Malvinas ensamblado al fútbol ( deporte del pueblo ) ,clubes de la ciudad y muy bien recordados y queridos e importantes protagonistas de esa parte de la muy rica historia de Mar del plata.

  7. Fidel Voglino dice:

    Que mas se puede agregar, en estos tristes momentos de aislamiento, que me estruja el cerebro, como te extraño querido futbol, aunque este relato este cargado de Bicho verde¨ de un Patanegra.-

  8. Claudio Giovanoni dice:

    Como siempre emocionado Mario, un relato fantástico en un partido imaginado y soñado, donde nombrás a muchos amigos y parte de esta etapa hermosa del fútbol marplatense. Mis respetos a todos los que lucharon en Malvinas, los verdaderos héroes de esta historia.!

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