¡Burruchaga viejo y peludo nomás!

¡Burruchaga viejo y peludo nomás!

En estas líneas humilde reconocimiento para un crack que hizo del fútbol una bandera de la polifuncionalidad, autor de un gol que a miles, que a millones, al menos por un instante, nos convirtió en los seres más felices del planeta.

viernes, 14 de febrero de 2020

“Gualeguay crecido
pocos te bandean,
botecito viejo
siempre en la pelea”

Víctor Velázquez.

 

15 de setiembre de 1998. Jorge Luis Burruchaga, el lugarteniente de Diego en la Selección Argentina, el socio ideal post Bertoni del Bocha, uno de los primeros cuartos volantes en los albores de los años 80´, el autor de uno de los goles más importantes de la historia del fútbol nacional; había decidido dar fin a su exitosa carrera como futbolista profesional.

 

Burru fue sinónimo de polifuncionalidad en una cancha. Se destacó en todos los puestos, fue sobrio en la marcación, brillante en la gestación de juego y pura eficacia como goleador. Recuerdo una entrevista de Víctor Hugo a Carlos Bilardo en 1984, en la cual, el entrenador de la Selección Argentina ponderaba las condiciones profesionales y humanas de Burruchaga, es más, en aquella nota radial el Narigón pronosticaba que el mediocampista de Independiente seria el lugarteniente de Maradona en México 1986, el hombre que apuntalaría al 10 y que tomaría el mando del equipo cuando el capitán no tuviera su mejor performance.

 

Burruchaga nació a orillas del Rio Gualeguay, Entre Ríos, el 9 de octubre de 1962. En 1964 viajó con su familia a Buenos Aires y comenzó a jugar en las divisiones menores de River. Cuando tenía edad de novena los Millonarios desestimaron su talento en pos de un zurdito que terminaría siendo ídolo de Boca, el Chino Tapia.

 

Recaló en Arsenal de Sarandí donde debutó en el primer equipo  en 1979 de la mano de la dupla técnica Oscar López y Oscar Caballero.  Como fiel agradecimiento al conjunto de los Grondona, años después, ya como director técnico, le dio al equipo del Viaducto el ansiado ascenso a primera división en la temporada 2001/2002.

 

Fue convocado a la Selección Sub- 20 y producto de sus buenas actuaciones el Rojo lo contrató  en 1982 para formar parte de su excelsa plantilla profesional. Su presentación fue en Mar del Plata en un torneo de verano reemplazando al Bocha, pero  oficialmente hizo su debut en Santiago del Estero el 14 de febrero en el añorado Nacional, en un encuentro donde golearon  4 a 1 al Estudiantes local.

 

Independiente bajo la tutela táctico estratégica de Miguel Ángel López alistó a Goyén; Clausen, Angeletti, Zimmermann, Killer; Giusti, Fren, Bochini; Castro, Salinas y Barberón. En el segundo tiempo Brailovsky reemplazó a Castro y Burru a la Porota Barberón. Los goles fueron marcados por Pepe Castro, el Gringo Giusti, la gran figura de aquel cotejo, Salinas y Brailosvky.

 

La mística copera del Diablo luego lo abrazó y con la magnánima dirección técnica del  entrañable Pato Pastoriza, fue parte, tal vez, del último gran equipo de Independiente. Campeón de la Libertadores. Campeón del Mundo en Japón. Los más acérrimos simpatizantes del Rojo aun reviven en su memoria  las imágenes futboleras de una noche mágica, para muchos, brasileños incluidos, el partido perfecto de un conjunto argentino en tierras verdeamarelas. Triunfo por la mínima frente a Gremio de Brasil. Gol de Burruchaga tras un  pase “chaplinesco” de la leyenda que había venido de Zárate.

Tras el éxtasis futbolero en el infierno de Avellaneda, en 1985 cruzó el océano y firmó con el Nantes francés. En su primer año como futbolista de la Liga Gala fue elegido como el mejor extranjero del torneo. Los enfants de la Patrie  comenzaron a cantar goles de Burruchagà.

 

Del Nantes fue transferido al Valenciennes y en 1995 retomó el largo camino a casa. El inmenso Burru armaba las valijas para reconquistar viejos amores en su querido Independiente. En su vuelta ganó la Supercopa y la Recopa Sudamericana. El 10 de abril de 1998 vistió por última vez la casaca roja, fue en una derrota ante Vélez por 3 a 0.

 

El pibe nacido a orillas del Gualeguay ponía fin a su maravillosa trayectoria como futbolista. El lugarteniente de Diego, el socio del Bocha, uno de los primeros  cuartos volantes de los años 80´,  el pibe que había cumplido un sueño colosal, en definitiva el sueño que todo pibe atesoró  en sus entrañas, hacer el gol definitorio en un mundial, ponía fin a su travesía como jugador profesional.

 

29 de junio de 1986, aun creo ver aquellas zancadas memorables, veloz carrera hacia la gloria futbolera de todos los tiempos. Estoy sentado frente a una tele blanco y negro y estoy preocupado, los alemanes nos empataron y Diego no puede coronar en la finalísima su reinado mundial. El 10 piensa y en una milésima  de segundos mete un estiletazo genial para poner a su lugarteniente en la cancha cara a cara con el guardameta teutón.

 

Vuelo inmortal hacia la gloria de  Burru mientras  un alemán de medias caídas lo corre y nunca lo alcanza, garganta profunda en el parlante de mi Noblex Carina: “Burruchaga viejo y peludo nomás”, grita desde el micrófono de Radio Argentina Víctor Hugo Morales.

 

Caigo de rodillas frente a la pantalla de la tele y festejo con bronca. Mi gol nace desde las entrañas y arrastra saliva para mezclarse con el relato de quien ya era el progenitor del barrilete cósmico. Lo miro a mi viejo, intransigente detractor de Diego y su selección y lo mando al carajo. Mi vieja, me abraza. “Tranquilízate, te va a hacer mal”,-  me dice.

 

Burru también cae de rodillas y mira al cielo, Batista lo contiene mientras un hostil estadio Azteca mastica su decepción.  “Es para vos mexicano traidor”, – digo desde el living de mi casa  cuando la cámara se detiene en un puñado de bigotones que maldicen con odio el tanto argentino.

 

29 de junio de 1986. Ya había pasado el temblor y tras el pitazo del juez brasileño y bajo un sol que calcinaba la tierra, Diego Armando Maradona y sus muchachos solidificaban por fin en el planeta fútbol la epopeya de un puñado de soñadores que habían hecho realidad una utopía. Aquella Selección, para mí, humildemente, la mejor de todos los tiempos, nos despertó el orgullo de sentirnos argentinos en suelo ajeno, cuando, insisto, ya había pasado el temblor y el pibe nacido a orillas del rio Gualeguay ya era leyenda y su gol  traspasaba las fronteras de los colores. Fue así que  el rojo de su corazón que palpitaba en el pecho rojo de Avellaneda se trasformó en inmortal celeste y blanco.

 

En estas líneas humilde reconocimiento para un crack que hizo del fútbol una bandera de la polifuncionalidad, autor de un gol que a miles, que a millones, al menos por un instante, nos convirtió en los seres más felices del planeta.  

 

Mario Giannotti

 

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