El rugby también supo ser solidario y altruista

El rugby también supo ser solidario y altruista

Mientras pensaba algunas ideas para darle forma periodística a esta columna, recordaba también algunos muy buenos ejemplos del mundo rugby. Redescubro una piedra preciosa y reescribo los días de Juan Carlos Abachian, un ser entrañable, como tantos, imprescindible. Un rugbier, un militante, un desaparecido, un marplatense  con auténtico espíritu solidario.

miércoles, 22 de enero de 2020

dedicado a mi admirada amiga Marta Abachian

 “Más bien estamos vivos por andar
esperando una piel nueva de este sol
no pretendemos ver el cambio
sólo haber dejado algo
sobre el camino andado que pasó”.

León Gieco

 

Los medios replican hasta el hartazgo los pormenores de un brutal asesinato perpetrado por una decena de jugadores de rugby en Villa Gesell. En manada, en patota, cobardes, sádicos, como auténticos posesos enajenados arremetieron contra un pibe indefenso que tomaba un helado con un amigo y lo mataron a patadas. Bien vale aquí replantearse en primera instancia la veracidad argumentativa de los muy cuestionables y marketineros  valores que esgrimen y difunden  hábilmente los partícipes y admiradores de  este deporte.

 

La dirigencia, los jugadores y los entrenadores de los más jóvenes tendrán que rever, al menos, el proceso y la metodología de enseñanza y aprendizaje que desarrollan en sus instituciones. Preguntarse por qué algunos de sus jugadores se comportan como primates, por qué se jactan de ser homofóbicos, misóginos, xenófobos, violentos.  Por qué  siempre en barra se aprovechan de los más vulnerables, por qué su rabia y su odio los lleva  hasta rematar, pateándole la cabeza en el suelo,  a un chico inerme.

 

Mientras pensaba algunas ideas para darle forma periodística a esta columna, recordaba también algunos muy buenos ejemplos del mundo rugby.  Inmediatamente llegaron a mi memoria clubes solidarios y comprometidos con la realidad social y económica de un país. Primero la figura de Nelson Mandela utilizando el rugby a través de los míticos Springboks  para unir definitivamente una nación desbastada por la segregación racial.  En Sudáfrica el rugby ofició como bandera para derrocar  al racismo, para desterrar de una vez y para siempre el apartheid. Dijo Mandela: “El deporte puede crear esperanza, donde antes solo había desesperación. Es más poderoso que los gobiernos para derribar barreras raciales. El deporte es capaz de cambiar el mundo”.

 

Luego indefectiblemente desembarca en mi cabeza la figura emblemática del Che. Ernesto Guevara, a quien sus compañeros de equipo apodaban el Chancho y luego Fuser,  ocupaba un puesto de tres cuartos y era el único de los jugadores  que llevaba un casco de tejido, porque decía que tenía las orejas frágiles.

 

El Che no solo jugaba sino además era el co­man­dan­te de la bri­ga­da de aman­tes del rugby que realizaban y escribían la revista Tac­kle, po­nién­dole hu­mor y pe­sos de sus bol­si­llos. Se­gún Ru­bén Aya­la, di­rec­tor del Cen­tro de Es­tu­dios en la His­to­ria del Rugby, el Che es­cri­bió en seis de los once nú­me­ros de la misma.

 

Finalmente, emulando al maestro José Luis Ponsico, redescubro una piedra preciosa y reescribo los días de Juan Carlos Abachian, un ser entrañable, como tantos, imprescindible. Un rugbier, un militante, un desaparecido, un marplatense  con auténtico espíritu solidario.

Comienzo a escribir esta maravillosa historia observando una tierna fotografía en blanco negro. La costa marplatense se recorta en el horizonte, el mítico edifico Havanna se levanta imponente sobre el esqueleto de otras conocidas construcciones, el mar, en  tanto, se muestra sereno, calmo, apacible. Sobre el muelle de los pescadores, en un primerísimo plano, una  niña muy bella observa embelesada a un joven con pinta de galán de cine de los años 70.

 

Imagino una tarde fría, otoñal, ambos tienes las manos en los bolsillos de sus camperas. Él recostado contra una de las barandas de la escollera le sostiene la mirada mientras el viento despeina su cabello. Ella descansa en sus ojos y él, como buen hermano mayor, cobija para siempre en lo más profundo de su alma aquella comunión de afecto y admiración, inmortal en el papel de la foto,  inmutable en el tiempo.

 

Cercanos, fuera de foco, detrás de la pintoresca escenografía que enmarca a Marta y a Juan Carlos ,los protagonistas de la fotografía, adivino la figura de sus padres Susana y Sojmon  y la de Miguel Ángel, el tercer hermano.  Aquel espacio terrenal a orillas del mar fue, es y será  el lugar en el mundo de la familia Abachian.  Pujante sangre armenia en pleno corazón del barrio La Perla. Fotógrafos de profesión hasta que decidieron  darle forma a un ambicioso proyecto comercial sobre la tradicional escollera que limita con la avenida Luro y el Boulevard Marítimo. Durante dos décadas los Abachian trabajaron de sol a sol, en las por entonces  desbordantes temporadas veraniegas de la ciudad.

 

Juan Carlos, estudiaba Derecho, jugaba al Rugby, era un aguerrido pilar, primero en Universitario y luego en Mar del Plata Day School, y era un ferviente militante de la JP y Montoneros. Él, como tantos jóvenes de su generación, sabía con certeza que la patria siempre es el otro, que el compromiso afectivo e ideológico  es con quienes padecen a diario la brutalidad de un modelo político y económico que los excluye, que los oprime.  Ya en dictadura, el 16 de setiembre de 1976, mientras en la ciudad de La Plata los genocidas llevaban adelante un macabro plan de secuestro, detenciones y asesinatos de jóvenes estudiantes secundarios, accionar que fue denominado como La Noche de los Lápices, en Mar del Plata, en el Barrio La Perla, los militares dejaban un mafioso mensaje a la familia Abachian.

 

“Recuerdo que ese día Miguel Ángel, a quien apodábamos Maico, jugaba un partido de básquet en el Club Unión, hubo una pelea entre los entrenadores que generó un retraso en el juego y ese retraso nos salvó la vida. Cuando volvíamos a casa – cuenta Marta- sobre la calle Mármol, mi papá divisó tres encapuchados  con ametralladoras merodeando en el barrio, apostados sobre una de las esquinas. “Esto es para nosotros”,  recuerdo alcanzó a balbucear mi viejo.  Nos habían reventado la casa, la puerta corrediza estaba acribillada, habían tirado cera sobre los calefactores y se habían robado cosas de valor.

 

Juan Carlos, su esposa y su pequeña hija Rosario, buscaron refugio en La Plata y allí intentaron proseguir sus vidas, militando, resistiendo estoicamente a los salvajes ataques de los grupos de operaciones de los dictadores. El 27 de diciembre de 1976, hombres que respondían a la Hiena  Miguel Etchecolatz secuestraron y desaparecieron a Juan Carlos. Su mujer pudo escapar, su hija, afortunadamente estaba en Mar del Plata. Marta y su mamá volvieron a su escollera, esta vez para darse un abrazo desesperado ni bien se enteraron lo que le había ocurrido a Juan Carlos. Marta tenía apenas 14 años de edad.

 

“Alguna vez me enojé mucho con lo que le pasó a mi hermano. Decía, pensaba todo lo que nos había hecho sufrir,  hasta que un día comprendí, sobre todo ahora militando en Abrazo Ciudadano, que mi hermano abrazaba en los 70´ el proyecto nacional y popular de Néstor y Cristina. Es más, en la marcha que hicimos contra Etchecolatz, entendí también por qué estoy  en prensa para difundir las actividades de los Organismos de Derechos Humanos.  Soy la voz de los que no tienen voz y me puse en este lugar siguiendo los pasos de Juan Carlos”.

 

En 2005 su otro hermano, Maico, murió de cáncer. Susana y Sojmon, tras dolorosos y angustiantes años de lucha buscando el paradero de su hijo mayor desaparecido, sintieron que por primera vez el dolor les estrujaba el alma y pusieron en palabras un sentimiento que los desbordaba.

 

Ellos nunca decían públicamente que Juan Carlos estaba muerto, pero cuando falleció Miguel Ángel la angustia  pudo más que la esperanza. “Primero uno y después el otro”, soltó envuelto en pena Sojmon. “No enterré a uno, no voy a enterrar al otro”,  confesó Susana.  Sojmon murió cincuenta y siete días después, en el día del cumpleaños de Marta.

 

Para el final vuelvo a la tierna fotografía blanco y negro que ofició como musa inspiradora para los  primeros párrafos de esta historia. La historia de esa nena que miraba embelesada a su hermano  mayor, hermano que cobijó para siempre en lo más profundo de su alma  aquella majestuosa comunión de afecto y admiración que aún descansa en sus ojos, inmortal en el papel de la foto, inalterable en el tiempo y en sus corazones.  Esperando juntos, una vez más, en la escollera, mientras la costa marplatense se recorta en el horizonte, una piel nueva de este sol.

 

Acaso, el rugbier Juan Carlos,  trepado a alguna estrella cercana, se abraza cada noche  a 30.000 compañeros desaparecidos , en una especie de scrum que se piensa invencible,  y desde allí empuja y sostiene con bravura y mucho coraje la esperanza de los que nunca dan por perdida una pelota, un sueño, una utopía.

 

Mario Giannotti

 

Comentarios de los lectores

  1. Sandra De Biassi dice:

    Conmovedor… Gracias Mario.
    Juan Carlos, presente, ahora y siempre!!
    Susana y Marta, las abrazo con el alma.

  2. Eduardo Luis Jaureguy dice:

    Hermoso texto para no olvidar la historia de nuestro país y abrazar a los familiares.

    Abrazo Marta

  3. Cristina Abachian dice:

    GRACIAS. .. por mis tíos, por mis primos y por los 30.000 que siempre van a estar con nosotros.

  4. Ali Falcón 💚 dice:

    Bellísima nota!!! Marta y Susana dos mujeres luchadoras, aguerridas y coherentes! Todo el reconocimiento para una familia que espera verdad y justicia. H. L. V. S.

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