Un príncipe en un continente de ranas

Un príncipe en un continente de ranas

Para que algún día, en la cancha o fuera de ella, sean solo once contra once, para que don dinero no corra siempre a favor de los poderosos, o para que el pequeño príncipe marroquí anfitrión de la final de un Mundial de Clubes, sea solo un niño, un niño más, en un continente de niños felices. Un príncipe menos y una rana más.

jueves, 19 de diciembre de 2019

“Y en el jardín frondoso
de sus papás
hoy hay un príncipe menos
y una rana más”.

Joan Manuel Serrat

 

Marruecos, 20 de diciembre de 2014. Saludo protocolar de una soñada final intercontinental  entre mi humilde San Lorenzo de Almagro y un poderoso Real Madrid. Allí entre los jugadores caminaba silencioso el pequeño príncipe Moulay Hassan, lejano e indiferente. Un niño millonario de once años de edad que acata con obediencia los estúpidos mandatos culturales de una monarquía que hace gala de la opulencia económica en un continente donde más de trescientos millones de  personas viven con menos de un dólar al día, donde treinta millones de niños menores de cinco años sufren desnutrición  y el 43 por ciento de la población no tiene agua potable.

 

El corrupto ex mandamás de FIFA, Josep Blatter,  sonreía y acompañaba al heredero del rey a extenderle la mano a un puñado de futbolistas que atónitos saludaban al niño con edad escolar, en un país donde el analfabetismo supera el 44 por ciento, donde la tasa de desempleo urbano juvenil alcanza el 30 por ciento, en un país donde la extrema pobreza castiga sin miramientos las zonas rurales, donde persiste aun la llamada esclavitud moderna.

 

Cristiano Ronaldo, un crack atento a los flashes fotográficos ignoraba al pequeño representante de la realeza africana mientras observaba por enésima vez su rostro en las pantallas gigantes del estadio. El portugués sabía de antemano que los organizadores del mundial le harían entrega de algún reconocimiento por su participación futbolística. Cristiano, ausente en aquella  final, mostró su indignación en el inicio del cotejo porque algunos jugadores del desconocido San Lorenzo de Almagro lo marcaron con fiereza, lo intimidaron con sus miradas tercermundistas, justo a él, el atleta esculpido con mano maestra, el abanderado de la obscena tiranía monetaria del Madrid.

 

El príncipe marroquí, niño al fin, tal vez moría por una camiseta, un autógrafo o una foto robada de asalto con las megas estrellas Merengues. O no sé, quizás poco sepa de estos futbolistas y sus historias. Quizás desconocía  también, como todo buen príncipe, sobre los asaltos masivos de inmigrantes en las fronteras de Marruecos con las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla y por mar en las costas italianas. Que miles de ciudadanos africanos escapan a nado de la violencia y la pobreza de sus países de origen con el objetivo de encontrar un mejor futuro en Europa y que muchos de ellos, niños como el, mueren ahogados en el intento.

Tal vez nadie le contó en Palacio que en el año 2005 el gobierno español ordenó elevar las vallas limítrofes que separan a ambas ciudades de territorio marroquí. Decenas de inmigrantes se congregan en las inmediaciones de la frontera esperando una oportunidad para tratar de entrar en territorio hispánico. Algunos hacen el intento por su cuenta, mientras que otros lo hacen de la mano de mafias, a las que muchas veces entregan todo lo que tienen a cambio de la promesa de alcanzar territorio europeo.

 

Como hincha de San Lorenzo sentí el orgullo inconmensurable de estar disputando una final del mundo aquel recordado 20 de diciembre de 2014, orgullo digno de los que económicamente  poco tenemos, orgullo digno de los que honestamente soñamos arrebatarle la sonrisa burlona a los que lo tienen todo, quejicas, llorones y omnipotentes futbolistas de una casta millonaria. Galácticos que no toleraron ni  siquiera la bravura de los se saben menos, pero que jugaron con la ilusión de aquellos que se aferran a un sueño con el envidiable coraje del Gringo Kenemann o de Julio Buffarini..

 

Como era de esperar ganaron ellos. Como un año después, también un 20 de diciembre,  el Barcelona superó en Tokio tres a cero a River.  Ganó el capital salvaje. Pero aquí estamos, los ninguneados, los desconocidos, los soñadores, atentos, convencidos que habrá revancha. Que la realidad, como bien dice Eduardo Galeano merece y debe ser modificada. Todos deberíamos aportar nuestras pequeñas utopías, chiquitas, pero utopías al fin, que no acaban con la pobreza, que no nos sacan del subdesarrollo, que no socializan los medios de producción y de cambio, que no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.

 

Para que algún día, en la cancha o fuera de ella, sean solo once contra once, para que don dinero no corra siempre a favor de los poderosos, o para que el pequeño príncipe marroquí anfitrión de la final de un Mundial de Clubes, sea solo un niño, un niño más, en un continente de niños felices. Un príncipe menos y una rana más.

 

Mario Giannotti

 

Comentarios de los lectores

  1. Liliana G dice:

    Marioooo fuerte, Real, inspirador y emocionante.
    Gracias por compartirlo

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