Hijo no dejes nunca de joder con esa pelota

Hijo no dejes nunca de joder con esa pelota

Aquí voy, aquí estoy, transitando orgulloso de su mano la vida. Aprendiendo a ser papá, luchando juntos por una sociedad mejor, soñando juntos un tiempo de paz que cobije sus incipientes utopías adolescentes.

viernes, 14 de junio de 2019

a todos los padres futboleros

 

Escribo estas líneas como quien escribe la crónica periodística del mejor partido de un domingo cualquiera. Como quien entrevista a Diego después de consumar su obra culmine ante la defensa inglesa. Escribo con pasión,   como quien llora desconsolado por un descenso lapidario  pero  digno transforma las lágrimas en puño apretado y promesa de un pronto regreso.

 

Escribo y numerosas imágenes pasan por mi cabeza. Cientos de amarillentas figuritas de un álbum de la infancia afloran en el recuerdo nostálgico de un tiempo único e irrepetible. Cierto es que para muchos, y por supuesto me incluyo, el fútbol es la más perfecta personificación de la vida, una maravillosa representación de cuestiones más profundas o si quiere sustanciales. Y claro, para los papás que amamos este juego, la convivencia con un hijo o una hija futbolista se nos presenta como lo más  cercano a lo que en ciertas ocasiones  denominamos felicidad, es habitar el Olimpo bajo la protección divina de los doce dioses.

 

Los papás futboleros caminamos la vida, tanto adentro como afuera de una cancha, tratando de anticipar la jugada, ordenando al pibe para que no se coma un loco en la mitad del campo, alentándolo para que el delantero rival no le gane la posición, haciéndonos cargo siempre de las derrotas que le duelen en el alma y relegando al extremo nuestro protagonismo cuando nuestro carasucia juega sus primeros  partidos por el campeonato.

 

Sufriendo cuando no llega al cruce expeditivo, padeciendo cuando pifia una pelota,  angustiados cuando el zaguero adversario le baja una plancha descalificadora, admirando respetuoso su incesante trajinar en los últimos minutos de un partido chivo, disfrutando un cambio de frente, emocionados cuando raspa contra la línea de cal y le roba una pelota imposible al 10 de los otros, aplaudiendo un caño para salir entre dos defensores rústicos,  acompañando y dirigiendo con la mirada un remate desde fuera del área que vuela cercano al ángulo derecho. Disimulando las lágrimas cuando sus compañeros le reconocen su sacrificio, atragantándonos el llanto cuando socorre incondicional al más talentoso del equipo y vuelve cabeza levantada a su posición.

 

Escribo y mientras estructuro algunas ideas reafirmo hasta el hartazgo que ningún padre del planeta podría aseverar si es un bueno o malo como papá, esta calificación solo la pueden dictaminar nuestros hijos. Como papá yo sí puedo aseverar que mi hijo es mi gran orgullo, mi razón de ser en este mundo. Un pedacito de mis entrañas corriendo tras una pelota,  parte de  mi componente sanguíneo que navega por sus venas y que unifica su torrente en  un mismo corazón azulgrana.

Como un buen padre futbolero también deseo confesar que no me desvela su éxito personal en una cancha, que no me desvive su futuro con una pelota en los pies. Solo deseo que sea inmensamente feliz jugando, que disfrute de este juego casi perfecto, anhelo para él, tanto dentro como fuera del campo, que sea solidario, que no renuncie nunca  a sus ideales,  que sea un tipo respetado, que ame lo que hace, que entienda que en la vida como en cualquier deporte nadie se salva solo, que el éxito y el fracaso son solo dos farsantes y que siempre, como dice el Negro Alejandro Dolina, “más vale compartir la derrota con los amigos que el éxito con los extraños o con los indeseables”.

 

Reitero, aquí voy, aquí estoy, transitando de su mano la vida. Viéndolo crecer, reviviendo aquel momento  exacto en el cual pudimos compartir por primera vez un partido de fútbol, un picadito de barrio, de amigos, de veteranos que completan el equipo con sus hijos. Saben una cosa, ese día cuando Agus me dijo: “Toma viejo”- y me la dio redondita y al pie-, sentí que había cumplido uno de mis sueños más preciados.

 

Tal vez, esta figura futbolera sirva para mostrarnos en carne viva que los años pasan, y que el tiempo además nos hace ver que la camiseta número cinco tendrá un nuevo dueño, y que ahora será él quien ostentará la titularidad, con errores y con aciertos será él quien conducirá su destino y quien armará su propio equipo. Nosotros, en tanto, cuidaremos su espalda.

 

Además, como explicarles, como contarles que para todos, o casi todos los papás futboleros, un hijo o una hija  es un barrilete cósmico, con la 10 de Messi en su espalda, desparramando rivales de cordón a cordón con la música de fondo del relato de Víctor Hugo que se multiplica heroico en el patio de casa, mientras él o ella, medias caídas y camiseta fuera del pantalón, ensaya una finta maradoniana frente a la mascota de la casa y cabeza levantada le tira un caño riquelmiano al vecinito de enfrente.

 

Mario Giannotti   

 

Comentarios de los lectores

  1. Carlos Blanco dice:

    Exelente !!!

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